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Evelio Yero |
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El presente
espacio cubano está marcado y configurado
por el pasado y por el presente. Pareciera como si estas dos coordenadas,
las del pasado y las del presente suscitaran unas condiciones particulares
y únicas en un contexto que no logra salir de su propio laberinto. |
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José Vilasuso |
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- y II - A contramarcha la política es ciencia
de posibilidades, decía
Louis Barthu, y reiterado por notables virtuosos de tan apasionado
e inveterado quehacer público. A su honra lo que hoy suena
estridente y contumaz bien puede mañana convertirse en vino
nuevo en odre viejo. En el entresuelo y fundamentado en la más absoluta convicción podemos asegurar que cualquiera que fuera la futura definición de la señora Bonafini, concerniente a los trabajos en Cuba por esos derechos de que ahora gozan los argentinos, Las Damas de Blanco como la totalidad de la disidencia pacífica interna, continuará solidarizándose con toda causa pareja a sus propósitos. Lo que es bueno para mí también para el prójimo. Lo que quiero en mi hogar no lo rechazo en el hogar vecino. Hogar es hogar siempre. Bondad siempre fue bondad. Estamos hablando de unas mujeres de pelo en pecho y comportamiento vertical. Ellas no han registrado eclipse ni puesto traspié en los trances más abtrusos para su apostolado. No se espere pues devaneo alguno a las horas futuras de su larga, paciente y admirable puesta a prueba. A ellas no les tiembla el pulso. Es necesario reiterar que en el ámbito continental dada la vivencia existencial de Cuba y más recientemente de Venezuela, nuestros cánones teóricos y procedimentales difieren con buen grosor de corrientes en procura de idénticos derechos operando en terceros suelos. En consecuencia ¿quién quita? ¿Cabría que ciertos militantes hermanos abacorados por sus demandas justas de liberación, no han concentrado las informaciones recibidas en los estropicios y destemplanzas que tristemente envuelven al régimen isleño? De todo hay en la Viña del Señor. A su cobija Las Damas de Blanco gestionan el diálogo con todo visitante de paso por nuestro suelo, como el bravo puñado de mujeres procedentes de Cataluña, Perú, BosniaHerzegovina, Suecia entre otros, el pasado 10 de diciembre, aniversario de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Nada como el careo franco y directo entre los hombres y mujeres ha conseguido frutos más jugosos y mejor sazonados en términos de entendimiento y superación de malentendidos y rivalidades. Esa propuesta de diálogo debe sustanciarse en los hechos, sin exclusiones ni filiación de momento y lugar. Por el recodo la incomunicación
con la señora Bonafini se explica
mejor a la sombra del síndrome avasallante de signo radical que
en nuestra América asciende a alturas siderales y se eleva al
cubo. Nuevamente me refiero al banderizaje con sus banderas y banderías.
Por aquí se
suele confundir nación, justicia, o derecho con el estandarte
que los enarbole. Los valores con quien los esgrime. Es una obnubilación
colectiva secuela de aquel individualismo feroz, exaltación brutal
de carácter,
y el apasionamiento ilimitado que nos viene desde la conquista. Las tendencias
ciegan y llegamos a subordinar los eslabones primigenios de la humanidad
a la enseña distintiva y mejor escudo. El poder se ha convertido
en altar donde todo sacrificio cruento está justificado. Carecemos
de un aprecio equitativo de las coyunturas diversas y controversias públicas
siempre transitorias. Como derivado
se demerita el cambio de impresiones e intercambio de conceptos;
discutir lo confunden con pelear. En lugar de duelo entre caballeros,
la lidia de gallos pirocos. Usamos como argumento y hasta prueba aquello
que libremente
se afirma. Nuestros parlamentos, y tribunas, a veces, en vez de intercambiar
ideas sirven para arrojarnos cantazos. No necesariamente es considerado
héroe
el más inteligente, culto o virtuoso; sino quien insulte con
mayor mordacidad. El vitriolo nos envenena, mientras los resentimientos
y complejos
se convierten
en patentes de corso. Se reitera. Todo intercambio de opiniones por el contrario permite descubrir el rostro ajeno cuyos guiños y estiramientos de mejillas expresan misterios e inclinaciones ignotas. Estrechar la mano en gesto de cortesía nos acerca y desplaza prejuicios, rencores y la cizaña retroalimentadora de acíbares y desconfianzas. Un rostro cercano es el espejo desvelado que te retrata a ti mismo en el otro, o en el otro te retrata a ti mismo. La entereza que debe prevalecer en todo conversatorio dispende la comunicación, el compromiso y hasta hace suyos los merecimientos y causales ajenos. Comprenderse
es acercarse, de
cerca florece la verdad, y la verdad fortalece la confianza tanto
en sí mismo
como en el ideal que se profesa. Dejar escapar un poco de dulzura
renueva la vida y permite la alegría de vivir encerrada
en cada sonrisa. |
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