Por Rafael Mayola - De la Redacción/ DU

Desde fines del año pasado, una serie de acontecimientos parecen indicar que la dinastía “raulista” se acerca a su desaparición, si no es que –para todo efecto práctico– tal hecho ya ha ocurrido. Lo terrible de esta situación, de ser cierta, es el personaje que reemplazaría al actual titular en sus funciones como jefe de estado y de gobierno: nada más y nada menos que el “comandante de la revolución”, Ramiro Valdés Menéndez. Los cubanos, además de la ignominia de ostentar la tiranía más larga de este continente, tendríamos también la penosa distinción de terminar gobernados por nuestro equivalente de Beria –el último verdugo de Stalin– y contemplar, igual que las ovejas ante el carnicero, como lo que queda de nación se desvanece por el vertedero de la historia.

En la contextura síquica y moral de Ramiro Valdés Menéndez –el hombre que ama a las sombras– se conjugan varios de los aspectos más oscuros del castrismo: la eterna y universal desconfianza, la actitud solapada, la carencia de escrúpulos, y la convicción de que sólo la vigilancia constante y el uso de la intimidación y la represión descarnada garantizan la supervivencia política. Para él, la única lealtad real es la que se demuestra con una obediencia absoluta y servil al jefe –aún si es originada por el temor– y no la que requiere de validaciones ideológicas y conceptos abstractos. Su incuestionable disposición a “jugarse la vida” fríamente está limitada al cumplimiento de la misión asignada, es parte del trabajo, algo más típico del matón gangsteril que del héroe de hazañas épicas o el creyente en una causa. Parco en consideraciones para aquellos que no constituyen el círculo de íntimos y asociados, le falta la capacidad de análisis, maniobra y manipulación que caracterizara a su antiguo amo.

Todo lo anterior son excelentes atributos para quien aceptó desde los inicios –y, aparentemente, hasta el presente de este proceso– el convertirse en el principal ejecutor de las medidas represivas de la tiranía. Sin embargo, tales “cualidades” lo inhabilitan para enfrentarse a la crisis que agobia al pueblo cubano. Los cambios urgentes –en lo político, económico y en el aparato burocrático– que necesita y demanda el país apuntan, precisamente, a la dirección contraria hacia la que se mueve invariablemente este personaje. La coyuntura actual exige apertura, transparencia, libertad para plantear y explorar alternativas, desburocratizar una estructura gubernamental y administrativa anquilosante, parasitaria e inherentemente corrupta, e incorporar a la población al esfuerzo empresarial, al desarrollo comunitario y la búsqueda de soluciones. El continuar o intensificar la represión no impediría, sólo aceleraría y haría más traumático para todos, el final del castrismo.

Ironías del destino o de la historia
En cuanto al todavía presidente “oficial” –tal vez, en vías de convertirse en figura decorativa– resulta asombroso el que haya dedicado toda una vida a asegurar el control de cuanto pueda incidir en un éxito eventual, de producirse una ocasión fortuita particular, para fracasar estruendosamente cuando la misma se materializase.

Por largas décadas, ante la contingencia de que su designación vitalicia como heredero de su hermano se produjese algún día, se esforzó –metódica y sistemáticamente– para concentrar en sus manos la totalidad de los instrumentos de poder existentes bajo el castrismo. “Todo debidamente amarrado” como lo imaginó Franco, el caudillo español: selección de mandos idóneos y fieles a su persona en las fuerzas armadas, estrecha y cuidadosa supervisión de los dirigentes escogidos para el Partido (PCC) y la Unión de Jóvenes Comunistas (UJC), autoridad irrestricta y exclusiva sobre el tinglado encargado del espionaje en el extranjero y de la represión interna, y expansión de la intervención en lo industrial, comercial y financiero por los militares abarcando el 60 por ciento de la economía del país.

Llegado el esperado momento, se produce el fracaso más rotundo y estrepitoso que nadie pudiese imaginar. Excepto por los años acumulados y la crónica e insalvable crisis económica –evidenciada y agudizada a partir del desplome soviético– son sus “condiciones subjetivas” las que causan que se desperdicie el entarimado montado. La dependencia al fantasma del hermano, el temor a una equivocación irreversible que hiciese peligrar el régimen autocrático o afectase la imagen de homogeneidad de su cúpula, y la obsesión con los detalles para cada paso a intentarse, han conducido al inmovilismo político y éste a crisis personales, cada vez más graves, del “caudillo menor”.
Casi cuatro años después de haberse hecho cargo del poder, apenas se ha podido establecer el “raulismo” como una fuerza política sin mostrar características que lo definan o identifiquen como algo novedoso o distinto.

Las pocas medidas aprobadas, ya de por sí insuficientes y triviales, se están implantando tarde y tímidamente. El caos económico se incrementa y la oposición crece con integrantes provenientes de las nuevas generaciones y de los sectores más humildes y desposeídos de la población.

La oposición
Aquella disidencia no violenta que surgiera hace 30 años, dedicada a la defensa de los derechos humanos y constituida por un número minúsculo de integrantes, no sólo ha sobrevivido a todos los esfuerzos del régimen por destruirla, sino que se ha acrecentado, diversificado y extendido por todo el territorio nacional. Mientras los primeros activistas provenían de sectores élites –que no elitistas– de la sociedad: ex funcionarios, académicos, profesionales y algún que otro artista plástico o escritor, hoy es cada vez más prominente el aporte de los segmentos populares. ¡Hasta nuestras raíces negras han sido rescatadas y son parte de las reivindicaciones!

Al finalizar el siglo anterior, la disidencia había adquirido visos de verdadera oposición, cuestionando al régimen en todos los aspectos del quehacer nacional: el manejo de la economía, el deterioro de los servicios públicos y sociales, los abusos laborales, el ordenamiento político, la ineficiencia y corrupción de la burocracia, la falta de libertades, la carestía de bienes de consumo, la discriminación a favor de los extranjeros, el problema de la vivienda, el uso de una doble moneda en perjuicio de los más necesitados, los sueldos y pensiones miserables… Para mediados de la primera década de este siglo, esa oposición mostraba todos los rasgos de una nueva y auténtica sociedad civil embrionaria que incluía diversos partidos y corrientes ideológicas, campesinos por cuenta propia, sindicalistas, periodistas independientes, intelectuales, servicios de ayuda comunitaria, etc.

Significativa ha sido también la incorporación de las nuevas generaciones, especialmente la de aquellos nacidos a mediados de los 70, que ocupan ya puestos de vanguardia en esos empeños y han contribuido con nuevas formas de lucha. Los jóvenes que les prosiguen, aquellos que hoy se encuentran en torno a los 20 años de edad, están mostrando, en sus primeras manifestaciones, una determinación aún mayor de romper con el silencio y la autocensura generada por medio siglo de despotismo.

Pero lo más notable es el grado de madurez alcanzado por las fuerzas opositoras, tanto dentro como fuera del país, a pesar de las condiciones adversas que confrontan. La oposición actual no utiliza medios violentos, actúa a cara descubierta y ha desarrollado un alto grado de consenso y solidaridad entre los diferentes grupos –especialmente en las nuevas generaciones– que invalida el constante acecho, desinformación y provocación de la policía política. Los esfuerzos por infundir sospechas y divisiones son cada vez menos efectivos. Los opositores saben que son observados, dan por consabida la existencia de agentes de “penetración” y “provocación”, y soportan estoicamente el continuo hostigamiento y las represalias.

Fuera de Cuba, los activistas políticos han finalmente comprendido y aceptado la verdadera función del exterior: servir de fuente de solidaridad, eco y apoyo a aquellos que dentro del país llevan a cabo la lucha contra el régimen.

Burocracia y corrupción
En Cuba, el salario promedio –para no entrar en pensiones y jubilaciones– está por debajo del límite que los organismos internacionales han establecido para la pobreza.

Existen solamente cuatro maneras de rebasar tal límite: el recibir remesas enviadas por familiares o amigos en el exterior, el desempeño de cargos que incluyan prebendas y “beneficios marginales”, la contratación en centros laborales en que participen inversionistas extranjeros o con clientes extranjeros que viabilicen compensaciones adicionales como bonos o “propinas” en “moneda dura” o en productos codiciados, y el intervenir en transacciones ilegales en que se proveen servicios por cuenta propia o se trafica en el mercado negro. Excepto en el primero de los casos, las remesas, el resto implica el tener acceso, directa o indirectamente, a “cuotas” de poder político que faciliten la conexión indispensable y cierto grado de impunidad o “protección”.

En un estado totalitario, donde el gobierno pretende ejercer un control absoluto sobre toda actividad política, económica y civil, y donde es inexistente la más mínima transparencia, esta combinación de factores ha generado una burocracia gigantesca, ineficiente, improductiva, corrupta y, además, imposible de erradicar o siquiera controlar.

Es, desde hace décadas, una masa informe, sin dirigentes, donde cada miembro que la constituye está dedicado a la preservación de la misma porque de ello depende su subsistencia. Toda iniciativa que pueda minarla choca con la montaña inamovible del “papeleo” y los “trámites”. El reemplazo de su personal sólo obtiene un cambio en los nombres de los funcionarios. Cualquier intento por establecer organismos paralelos que sustituyan a los existentes o implantar nuevas reglas, la acrecienta.

Todas las variantes de la corrupción pública están presentes y generalizadas: el tráfico de influencias (el uso de la posición política para conseguir beneficios o ventajas ilegales), el “desvío” de recursos públicos, el desfalco o malversación (apropiarse de bienes o fondos), la prevaricación (resoluciones arbitrarias e injustas a sabiendas), el compadrazgo y el nepotismo (gestión de empleos y promociones a amigos o familiares a cambio de su lealtad y alianza), etc. Pero lo más terrible para el presente y futuro de Cuba es la institucionalización de las mismas.

Desde el máximo jerarca y sus más importantes ministros y jefes del Partido hasta el más modesto de los funcionarios ejercen estas prácticas cotidianamente. Es por ello que resultase tan risible la declaración de Fidel Castro, cuando Forbes denunciara la cuantía de su fortuna a principios del 2006, de que: “el sólo tenía su sueldo como única forma de ingreso”. Un sueldo de 750 pesos cubanos, equivalente entonces a unos 30 dólares mensuales (ver el libro “Cien Horas con Fidel” de Ignacio Ramonet).
Pero hay más, en Cuba toda práctica de corrupción –además de cualquier comentario y relación– está debidamente documentada, especialmente si se es un alto funcionario. Es un método habitual y cómodo el encausar por corrupción para deshacerse de quien ya –por razones políticas o de otra índole– no sea “confiable” o “conveniente”. Los procesos anticorrupción, por tanto, son también un instrumento del poder.

“Limpieza de la casa”
De todas las tareas que aguardaban al heredero de la jefatura suprema, la única con avances significativos –aunque todavía por concluir– ha sido la de establecer y consolidar su facción como hegemónica. Utilizando las tradicionales “técnicas” maquiavélicas de estos menesteres, corregidas y perfeccionadas por su hermano, Raúl Castro ha ido descabezando a cuanto personaje o núcleo pueda representarle un reto o amenaza.

Logró, bien al inicio, con el apoyo de los más jóvenes en la cúpula (Lage, Pérez Roque, Remírez de Estenoz), neutralizar las absurdas pretensiones de Ricardo Alarcón basadas en argumentos “legalistas” y “constitucionales”. Defenestra entonces a sus aliados de ocasión con el visto bueno de los remanentes de la “vieja guardia” del fidelismo tradicional. También la emprende contra algunas de estas figuras que no han dado suficientes muestras de lealtad o aquiescencia. En el proceso va colocando, en cada posición vacante por cesantía, a alguno de sus “jóvenes halcones”, ya no tan jóvenes, ni tan halcones. Mientras, Machado Ventura hace todo lo posible por fortalecer el control sobre el Partido y la UJC. Hoy, el general de ejército se siente, por fin, listo para la purga final, la más abarcadora, compleja y difícil.

El escenario para tal campaña, la gran excusa, será “la lucha contra la burocracia y la corrupción”. Para ello habrá de contar –¿contradicciones internas del sistema?– con el último “fidelista” que ostenta una cuota de poder propia notable e instrumentos particulares bien afilados y engrasados: Ramiro Valdés Menéndez.

Y uno se pregunta, ¿podrá el general haber perdido la perspectiva con sus crisis personales hasta el extremo de pensar que tal alianza es factible? ¿Creerá, realmente, que no será él quien termine defenestrado? ¿No se da cuenta que la lealtad lacayuna era a su hermano y no es transferible, mucho menos cuando la propia supervivencia del sujeto está en juego?

¿El próximo sustituto?

Ramiro Valdés ha sido más exitoso que su antiguo jefe en ocultar antecedentes y entorno. En cuanto a su historial laboral y a pesar de sus múltiples oficios e intentonas empresariales antes del “triunfo de la Revolución”, en las publicaciones oficiales sólo se hace referencia a los datos que suministró cuando su arresto por los sucesos del Moncada: “ayudante de camionero, desempleado”. No aparecen el taller de carpintería de su padre Ramón, o sus primeras experiencias en la agricultura y con “el sector de la construcción” en el ramo eléctrico, o las labores artesanales como aprendiz de zapatero, o su asociación en una vidriera de apuntaciones para el juego prohibido de “la bolita”, o una descripción somera del ambiente familiar y sus primeros años escolares.

De la época insurreccional cuando la dictadura de Batista se recoge muy poco en cuanto a su participación. Casi nada sobre su militancia en la Juventud Ortodoxa, su membresía en la logia fraternal Odd Fellows de su pueblo y la constitución de las primeras células conspirativas artemiseñas. Menos todavía de su selección, junto con Universo Sánchez, para servir de guardaespaldas personal del futuro “máximo líder” a la salida de la cárcel y antes de partir para México y la aventura del Granma.

La mayoría de los cubanos desconocen que se le asignó la creación de un aparato interno de “contraespionaje” en la Sierra Maestra y que cuando se le destinó como segundo al mando de la columna “invasora” 8 de Ernesto Guevara, parte de sus funciones era estar atento a que al argentino “no se le fuera la mano” al realizar los contactos que llevaba programados con los comunistas villareños.
Aunque el recuento oficial enumera correctamente sus cargos en el gobierno y en el Partido, hay lagunas. Entre otras, los cursos de “capacitación cultural”; su viaje secreto a México, en septiembre de 1959, para entrevistarse con altos oficiales de la KGB y concertar el primer acuerdo formal cubano-soviético para la asistencia en cuestiones de inteligencia y represión; y los abundantes “diferendos” con otros dirigentes, incluyendo a Raúl Castro, que han gravitado en sus altas y bajas a lo largo de este medio siglo de régimen castrista.

Fuera de Cuba, se ha informado sobre familiares cercanos que han abandonado el país para incorporarse al exilio. Su hijo mayor, producto de su primer matrimonio, el compositor Ramiro Valdés Puentes, “desertó” en 1995, y Oscar, hermano de Valdés Menéndez y ex funcionario del Ministerio del Interior (MININT), también reside en Miami. Menos conocida es la presencia en el exterior de una hermana que abandonara su patria bien al comienzo del proceso.

Pero donde el hermetismo se acentúa hasta no dejar resquicios a la indiscreción es en el área de su último matrimonio. Se oculta una relación que comenzara cuando ella era todavía estudiante de pre universitario. En actos públicos y oficiales donde ambos participan actúan como desconocidos. A pesar de varios hijos y casi tres décadas de unión, únicamente una ínfima minoría de los estudiantes de la Ciudad Universitaria “José Antonio Echeverría” (CUJAE) ó Instituto Superior Politécnico “José Antonio Echeverría” (ISPJAE) están conscientes de que su rectora, Alicia Alonso Becerra, es la cónyuge de Ramiro Valdés y la madre de tres de sus hijos, ya todos adultos, Fidel, Ernesto y Alicia. Esta relación conyugal, no obstante tan extremo secretismo, pudiera ser un ángulo interesante a explorar para aquellos interesados en cómo el tráfico de influencias y el nepotismo se manifiestan en las estructuras del poder en Cuba.

La ingeniera Alicia Alonso posee un doctorado en Ciencias Técnicas y posiblemente méritos sobrados en el área pedagógica y administrativa, pero no deja de asombrar su meteórico ascenso profesional. En 1999 era profesora auxiliar de la CUJAE, para el 2001 ya ocupaba la plaza de Decana de la facultad de Ingeniería Industrial, en el 2006 era Vicerrectora Docente y en mayo del 2009 se le nombraba Rectora.

Su hermana, la también ingeniera Beatriz Elvira Alonso Becerra, graduada en 1980 y con una Maestría en Ciencias Gerenciales en 1997, ha tenido un desarrollo vertiginoso en los últimos años, coincidiendo con la designación, en 1996, de Ramiro Valdés como presidente del Grupo de la Electrónica del Ministerio de la Informática y las Comunicaciones (MIC). Primero, Beatriz fue nombrada Directora del Centro de Diseño de Sistemas Automatizados de Computación (CEDISAC) y en 1999, dos años después de obtener su maestría, Beatriz ya era Directora General de la Empresa de Tecnologías de la Información y Servicios Telemáticos Avanzados (CITMATEL).

Desde la incapacitación de Fidel Castro en el 2006, el sustituto designado, Raúl Castro, se esforzó por sumar a Valdés Menéndez a “su” equipo. El 31 de agosto de ese año, lo nombra ministro de la Informática y las Comunicaciones, “santificando” el feudo que le había otorgado su hermano, a mediados de los 80 y expandido una década después, para “compensar” su remoción de cargos en el gobierno y el Partido. En abril del 2008 lo restituye al Buró Político del Partido. En febrero del 2009 lo nombra Vicepresidente del Consejo de Ministros. En diciembre del 2009 lo designa Vicepresidente del Consejo de Estado, ocupando la tercera posición en la jerarquía “oficial”.

Olvidando su amor por las sombras, Ramiro Valdés se ha convertido en protagonista principal del nuevo gobierno en cuanto a visitas oficiales y supervisión de proyectos vitales, superando por mucho la exposición de Raúl Castro, cada día más apagada. ¿Terminará siendo “electo” presidente o saldremos de la pesadilla antes?

3 de diciembre de 2009

Otorga la CUJAE título de Doctor Honoris Causa a Fidel Castro por resolución rectoral. “Asistieron al acto” (entre otros) “el Comandante de la Revolución Ramiro Valdés Menéndez, miembro del Buró Político y ministro de la Informática y las Comunicaciones; José Ramón Fernández, vicepresidente del Consejo de Ministros; Jaime Crombet, vicepresidente del Parlamento cubano; y el general de brigada y ex ministro de Educación Superior Fernando Vecino Alegret” (honrado también, ese año, con otro Doctor Honoris Causa de la CUJAE).

20 de diciembre de 2009

Designado Vicepresidente del Consejo de Estado en adición a Vicepresidente del Consejo de Ministros, puesto que ya ocupaba desde febrero. Se sitúa así en un escalón sólo por debajo del presidente Raúl Castro y del primer vicepresidente José Ramón Machado Ventura.

6 de enero de 2010
Preside, acompañado por otros miembros del Buró Político, la toma de posesión de la Comisión Electoral Nacional.

8 de enero de 2010
Puesta en marcha de la central eléctrica Ariguanabo en el municipio de Bauta, La Habana.

13 y 14 de enero de 2010
Inaugura dos centrales eléctricas en Villa Clara e inspecciona diferentes obras en Cienfuegos.

15 y 17 de enero de 2010
Cancela, con Miyar Barrueco, un sello postal conmemorativo al Día de la Ciencia Cubana y
recibe un cuadro con la foto de Fidel Castro.

Del 18 al 22 de enero de 2010
Visita a Bolivia para participar en la toma de posesión de Evo Morales.

28 de enero de 2010

Inaugura central eléctrica en Las Tunas.

Primera semana de febrero de 2010

Visita a Venezuela para asesoramiento al gobierno de Hugo Chávez en temas energéticos.

10 de febrero de 2010
Preside análisis de la expansión de la Refinería de Petróleo Camilo Cienfuegos y la marcha de las obras del Polo Petroquímico en Cienfuegos.

18 de febrero de 2010
Asiste al homenaje a Juan Almeida.

19 de febrero de 2010
Inspecciona reparación de carreteras en los municipios Segundo y Tercer Frente de Santiago de Cuba.

22 de febrero de 2010
Revisa incremento de la producción de níquel en Moa.

26 y 27 de febrero de 2010

Preside revisión de la ejecución de las obras del acueducto de la Ciudad de Santiago de Cuba.
Visita Nicaro en Holguín.

10 de marzo de 2010
Recorre polo petroquímico de Cienfuegos.

11 de marzo de 2010
Visita varios proyectos económicos y sociales en la provincia de Matanzas. Entre los proyectos inspeccionados figuran la expansión del aeropuerto internacional “Juan Gualberto Gómez” y la nueva refinería de petróleo de Matanzas.

23 de marzo de 2010
Visita de Raúl Castro a Santiago de Cuba por el temblor reciente que alcanzó 5.5 grados en la escala Richter. Estuvo acompañado por Ramiro Valdés.

25 de marzo de 2010

Preside reunión territorial en Holguín.

26 de marzo de 2010
Visita a Santiago de Cuba para supervisar los trabajos de renovación del acueducto santiaguero. Valdés también visitó la mina de oro Barita en El Cobre, la planta termoeléctrica “Antonio Maceo” y la industria farmacéutica Empresa Laboratorio Oriente.

30 de marzo de 2010
Reitera llamado al ahorro energético.



 

 

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